El sobre
era vulgar, sin marcas, probablemente comprado a la unidad en alguna papelería
de esas antiguas, polvorientas. La misiva que contenía era escueta: “Mucho te
gusta hablar a ti. Demasiado. ¿Te atreves a un encuentro oral con seis mujeres?
A ver si nos convences con el piquito...”. Una dirección de correo electrónico
que podría ser de cualquiera era lo único que me permitía seguirle la pista a
ese anónimo peculiar que alguien había dejado en mi buzón aquella tarde de
otoño.
Y el
otoño era ya frío, pero el mensaje me puso recaliente; y nervioso. Tenía ese
aroma folclórico de los carteles de los festejos taurinos, “6 MUJERES 6”, un
reto cachondo, casi de broma, al macho peninsular que yo presumía ser, con su
tinte cinematográfico: una oferta que yo no podía rechazar. Pero no era de
broma y quien lo había escrito era muy consciente de lo que hacía. ¿Qué otra
cosa podía hacer yo sino aceptar?
Me puse
a teclear. Ensayé varias fórmulas y al cabo me decidí a recoger aquel guante
con un lacónico “Cuando quieran. Siempre suyo.” que ni siquiera quise rubricar.
Pulsé el botón de enviar y no habían pasado ni diez segundos cuando apareció en
la pantalla la respuesta. Qué hijas de puta... ¡Sabían tan bien mi reacción que
ya habían preparado en el servidor un mensaje automático de contestación con
las instrucciones! En él me citaban para cinco días después en una sauna de
medio pelo que ya conocía. Debía preguntar por Sandra.
Me bañé,
me unté el cuerpo con algo de aceite de almendras para que resbalara mi piel si
había que salir por patas o quitarme brujas o ninfómanas de encima, me afeité y
me puse encima cualquier cosa porque con los nervios de qué sería todo aquel
negocio no fui capaz de discurrir nada mejor. Bueno, por eso y porque solo
tengo dos pantalones, pero idénticos, y tres camisas, dos de las cuales estaban
en las respectivas casas de mis dos últimas amantes.
Llegué a
la dirección y pasé. Al preguntar por Sandra, la chica de la recepción arqueó
una ceja, dibujó una mueca que significaba “ah, así que eres tú”, se volvió
para recoger una llave del cajetín y me la entregó con tono telegráfico. “Sube
al segundo piso. Habitación 201. Te están esperando. No hay ascensor.
Suerte.”—dijo— y desapareció hacia la oficina del fondo.
“¿Sandra?”—pregunté
al llegar a la habitación y encontrar la puerta entornada. Estaba oscuro
adentro y mis pupilas no estaban acostumbradas. Poco a poco se fueron
perfilando los contornos de siete personas, pero sabía que no llegaría a
distinguir a nadie. Una de ellas comenzó a hablar y su timbre me resultó
vagamente familiar. Lo conocía, pero no podía emparejarlo con una identidad
concreta, y se notaba bien que la voz se disimulaba con algún artilugio.
—“Te
hemos citado porque siempre te vemos hablando de tus hazañas y queremos ver si
eres de verdad capaz de complacer, con la boca y sin descansos, a seis mujeres.
Estamos hartas de presumidos. Las condiciones son estas: estarán delante de ti,
tumbadas en una camilla y tú estarás delante, sentado en un taburete;
mantendremos la habitación a oscuras y no sabrás qué mujer tienes delante; no
podrás follar con tu polla ni tocártela, y no podrás hablar ni decir nada; aquí
has venido a mamar coños, no a hablar como haces siempre; no podrás descansar
más que el tiempo que tarde en entrar y salir cada chica; solo podrás tomar
agua en esos momentos y, si fallas con alguna chica, se dará por terminada la
sesión y te consideraremos un cantamañanas de mierda. ¿Aceptas?”
“¿Cuándo
empezamos, reina?” —respondí sin dudarlo con todo el acento chuleta que pude.
En realidad estaba que me cagaba de miedo. Todo aquello era una insensatez y no
me gustaba el tono autoritario de la Sandra de los cojones, pero a uno cuando
le tocan el orgullo... Lo de “reina” no pareció inmutarla. Aquella tía era un
témpano antártico. “Sin demora,” —me espetó— “la primera chica ya te está
esperando”.
Había
llegado el momento de la verdad. Me levanté con todo el aplomo que pude reunir
y me encaminé hacia el taburete. La verdad es que allí no se veía una mierda, y
agradecí el entrenamiento recibido en tantos cuartos oscuros de los clubes
guarrillos del mundo.
Comprobé
que la primera chica era delgada. Como no me lo habían prohibido, le rocé las
finas pantorrillas con las yemas de los dedos y la chica soltó un suspirito.
“Uy, uy, uy —pensé para mi coleto— usted me va a durar medio minuto, señorita.”
Me senté en el taburete y acerqué la boca a su coño. Estaba depilada por
completo. Husmeé con calma y noté su lubricación. Lancé un leve lengüetazo y se
escuchó otro suspirito. Lancé otro y otro más, todos suaves y, de pronto, sin
avisar, le metí un repaso con la lengua que la levantó de la camilla en un
respingo. Para cuando sus caderas volvieron a su lugar, ahí estaba ya mi boca
entera abarcando toda su vulva, inundándola de calor, y mi lengua abatiéndose
sin piedad sobre el clítoris. No tardó ni cinco segundos en empezar a
convulsionarse y a gritar, pero yo no estaba dispuesto a soltar mi presa. La
dejé que se corriera a gusto sin cejar en mis caricias y medio minuto después
la tenía relajada y con ganas de echarse la siesta.
“Ea, a
ver, la siguiente... Si esto va a ser así con todas, mejor que me traigan un
camión de chicas” —se me ocurrió decirle a Sandra, pero me contuve por no
parecer listillo y porque me habían prohibido hablar. Alguna vez ya me había
pasado que una chica se corriera en cuestión de segundos, pero nunca hubiera
esperado que fuera a pasar en una circunstancia como esta. Sonó la voz de
Sandra que confirmaba que había superado la prueba con la primera chica y que
llegaba la segunda de la tarde. El cartel de “6 MUJERES 6” parecía cobrar vida.
Tomé un
sorbito de agua. El esfuerzo había sido casi nulo y estaba tan fresco como
había llegado. Sabía que no iba a ser siempre así y la segunda chica no
tardaría en confirmármelo. Repetí la estrategia de tocar sus piernas y la única
sensación consistió en la aspereza de tocar sus vellos depilados varias semanas
atrás. Como me veía venir el matojo al que tendría que enfrentarme, decidí
zambullirme en él, como cuando uno se arroja a una piscina para que la
sensación de frío llegue de golpe en lugar del suplicio de ir metiéndose poco a
poco. Aquel chocho era una maraña tupida y recia y estaba seco y amojamado. Sí,
sí, también en cuanto a olor. “En qué lío te has metido, chico” —fue lo único
que acerté a pensar.
Quise
adaptarme al medio. Lo primero era abrirse paso y necesitaba paciencia. Con la
ayuda de una mano, retiré sus labios mayores y después de algunas caricias
suaves perdí parte de mi angustia al advertir un reguerillo de lubricación que
mojaba sus labios menores. Un rayo de esperanza, supongo. Comencé un lameteo
lento pero distante, porque los pendejos me rascaban el hocico y no podía
lesionármelos ni dejar que se me enrojecieran, y menos aún tan pronto. Acaso
diez minutos después de idas y venidas con la lengua, la lubricación presentaba
ya buen aspecto pero aquella tía no soltaba el menor indicio sonoro de qué le
gustaba y qué no. Tenía que hacer algo, sabía que para cada mujer hay una maña,
pero no se me ocurría cuál sería la de esta. La fortuna vino en mi ayuda. En un
momento en que descansaba la lengua junté los morritos como si fuera a dar un
beso de pez y los pasé por su clítoris. Respingó. Lo repetí. Respingó otra vez.
Repetí, repetí, repetí y respingó, respingó, respingó... ¡ya era mía! Al poco
estaba gritando y gimiendo. No movía ya las caderas cada vez que mis dos labios
unidos le rozaban el clítoris, pero apenas dos minutos después se vino con todo
a la voz de “ahhhhh, hijo de putaaaaaaaa”, exclamación que me pareció
desconsiderada pero que le perdoné porque... bueno, porque a fin de cuentas soy
un grandísimo hijo de la grandísima chingada, sí.
El
segundo morlaco del reto estaba siendo arrastrado por las mulillas camino del
desolladero, así que me sentí satisfecho y me enjuagué la boca con un buchito
de agua. Más que cansancio físico, aquella mamada había supuesto un desafío
técnico, pero ahora era historia. “Superada la prueba de la segunda chica.”
—confirmó Sandra—“La tercera está dispuesta”. Empecé a entender que aquello
sería de verdad el juego que siempre había soñado, y esa comprensión me dio
alas. Superaría el reto y me zamparía a aquellas seis tías. El fracaso no
entraba ya dentro de las posibilidades.
A mayor
estímulo de mi exaltación, el frescor, la fragancia que desprendía el coño de
la tercera de la tarde, era apreciable incluso a cierta distancia. Cada vulva
tiene su olor y algunas huelen como para dar de comer a reyes: esta era una de
ellas. Me la imaginé menudita, morena, de culo redondo y senos chupchup y el
panorama me provocó una erección inmediata. De buena gana habría dejado todo y
le habría metido un pollazo sin más aviso. Estaba depilada por completo, a
excepción de un hilo fino y muy recortado que recorría los labios mayores.
Comerse aquel sexo era un regalo, no parecía parte de un reto, y decidí
honrarlo con una mamada larga e indirecta. Mi lengua comenzó a dibujar
espirales, rectas, trazos caprichosos por toda la superficie de su intimidad.
Le chupé con cariño los labios menores, que sobresalían ampliamente de la vulva.
Le di lengüetazos circulares a la parte superior, apenas por encima del
capuchón del clítoris, cuyo cuerpo ataqué a dentelladas delicadas, con el
cuidado con el que una loba agarra del cogote a su lobato desvalido. La chica
estaba disfrutando y me lo demostraba con ronroneos y movimientos suaves de las
caderas, y yo estaba pasando el mejor rato que había pasado en mucho tiempo. Y
mucho, mucho tiempo pasó, en verdad. Los gemidos se fueron intensificando y yo
fui amortiguando mis caricias para prolongar su orgasmo, solo para avivarlas
después y hacerla sentir el deseo de morir por correrse ya. Todo su coño
rezumaba lubricación, saliva y placer, que yo mismo le extendía por las
pantorrillas en el curso de rascados variables —ahora intensos, ahora
cosquilleantes— de la cadera a los pies.
Cuando
consideré que el placer iba a empezar a tornarse frustración, empapé mi dedo
corazón de saliva, se lo metí lentamente por el culo, apenas unos centímetros y
sin moverlo, le pasé la lengua despacio por toda la vulva entregada y a
continuación soplé con suavidad. Se agitó en un espasmo, emitió un alarido y,
quién sabe de dónde, de qué recoveco femenino, de su sexo salió proyectado un
chorro de líquido tan aromático como su coño entero. Seguí soplando con
suavidad y dejé que se me empapara el rostro sin sacarle el dedo del culo. Sus
sacudidas se prolongaron, entre alaridos y sollozos, durante un tiempo que
pareció eterno. Al fin se quedó yerta varios minutos, musitó un “gracias” casi
inaudible y, tal como había venido de silenciosa, desapareció.
“Has
superado la prueba de la tercera chica,” —resonó Sandra con un atisbo de
desazón en la voz. “puedes descansar mientras cambiamos la sábana de la
camilla.” Pero yo no quería descansar, sino aprehender aquel momento, aquella
sensación: mi rostro recibiendo aquel chorro de placer, mi dedo sintiendo los
latidos de un culo desbocado, los gritos, el aroma. A la mierda, joder, no era
solo eso, ¡era también mi polla! Tenía la verga como para partir nueces de dura
y en esos instantes solo podía pensar en cuánto deseaba que aquella chica me
envolviera con la boca y me matara de placer. Creo que nunca en la vida había
sentido tal necesidad de recibir una mamada de alguien ¡y ni siquiera sabía
quién era! Tuve un momento tremendo de tensión interna, de abandono, de
retirada, y no sé cómo logré reponerme.
Bueno,
sí. Lo que me hizo reponerme fue constatar que ya tenía delante a la cuarta
chica, y enseguida vi que se trataba de algo diferente. Ese contacto fugaz que
había instituido como modo de conocer a mis contrapartes en aquella oscuridad
me devolvió esta vez una señal inesperada: aquellas piernas eran grandes y
musculosas. Estaba depiladas, sí, pero algo no andaba bien. Cuando me incliné
sobre el sexo, me golpeé la boca con un tallo más duro que una piedra. Aquello
era una polla... Y no cualquiera, joder, ¡aquello era un pollón! “Pero habíamos
quedado...”—protesté— y la voz de Sandra, que parecía esperarlo, sonó de
inmediato: “Sí, pero es una chica. Es una chica especial, pero es una chica. Y
tienes prohibido hablar. Si infringes de nuevo esta norma, se acabará el reto y
habrás fracasado.”
¡Qué
hija de puta! Lancé mis manos hacia el torso de la chica y, en efecto, allí
había dos tetas. Con la dureza de la silicona, pero tetas inequívocas, inapelables
y femeninas. Me sentí víctima de la ideología de género, pero aquello era una
chica. Mis amigos se iban a matar de la risa si me oían contar alguna vez que
le había mamado el vergón... ¡a una tía! También me pasó por la cabeza lo que
habría pensado mi madre de una cosa así. Tras estas reflexiones, que seguro
duraron unos segundos pero me parecieron eternas, tomé un trago de agua (la
saliva había desaparecido de golpe) y me dispuse a la tarea. Toda la seguridad
que había adquirido unos minutos antes se desvaneció en segundos. El
nerviosismo se apoderó de mí y solo acerté a engullir el falo enhiesto,
intentando no lastimarlo con los dientes, y a sacudir torpemente la cabeza de
arriba abajo a toda velocidad, con la esperanza de que la chica se corriera con
rapidez.
No
sucedió. Al poco me dolían el cuello y la cabeza y tenía los músculos de la
boca a punto de acalambrarse. Me saqué el cipotón de la boca y reanalicé la
situación mientras le lameteaba el capullo con indolencia. No sabía nada de
mamar vergas. Era la primera vez que lo hacía y estaba obligado a hacerlo con
éxito. “Ármate de paciencia o aquí feneces, compadre” —pensé. Intenté traer a
la mente todas aquellas dulzuras que me habían hecho a mí en el pasado, y que
tan sencillas de ejecutar me parecían cuando yo era el receptor. Su puta madre,
¡qué difíciles eran en la práctica! ¿Dónde me guardo los dientes de mierda?
¿Dónde meto la lengua para que quepa esa cosa enorme? ¿Cómo acompaso la mamada
con la mano?
Decidí
por lo pronto chupar con lentitud pero con firmeza. Ya había visto que yendo
deprisa solo me desfondaba y no lograba arrancar el mínimo suspiro de la chica.
Joder, ¡chica...! La verga no tenía nada de especial: no sabía a nada, no olía
a nada. Era solo un pedazote de carne agarrotada. Después de ensalivarla a
fondo, comencé a chuparla con más ganas, intentando mantenerla atrapada con
fluidez en la boca. Era como aprender a bailar: pasito a pasito. Aquello debió
de surtir efecto, porque la dama comenzó a soltar gemiditos y a los pocos
minutos movía un poco el culo, como pidiendo ritmo. “Pídele ritmo a tu padre,
cabrona, que soy nuevo en esto y voy a mi aire” —pensé sin dejar de darle como
lo estaba haciendo. Decidí apretarle un poco más con la mano y ponerle más y
más saliva, y yo mismo me fui acostumbrando a lo de la velocidad. El temor me
invadió al pensar en lo siguiente: “¿Y ahora qué hago: la dejo que se corra en
mi boca? Joder, joder, joder...”.
Nunca
había pensado que tendría que tomar esta decisión y me pillaba en el peor
momento. Luego pensé que ya que la chica deliciosa anterior se había corrido en
mi cara y me había encantado, pues... pues de perdidos al río, qué coño.
Aumenté un poco el ritmo de la mano y de la boca, me encomendé al Monstruo
Volador de Espaguetis y no había pasado mucho cuando la chica soltó un bufido
tremendo y yo recibí un certero disparo seminal en la campanilla. Mientras yo
tosía como un tísico, la chica se terminó de correr en mi cara, en mi camisa,
en mi pelo... un desastre. Le solté la verga, ya tirando a morcillona, y apenas
tuve fuerzas para alcanzar el vaso de agua para quitarme la tos y la sensación
tánica del lefote que me habían regalado. Qué momento, ¡qué momento!
Sonó la
voz de Sandra, matada de la risa: “Cuarta chica... ¡conseguidaaaa! Tienes dos
minutos para reponerte y limpiarte la cara, galán. Te hemos hecho un hombre,
¿eh? ¡Jaaaaa!”. Recuperé el vaso y a riesgo de perder el estilo hice algunos
buches para aclarar la garganta estropajosa. No sé si es que tenía el día
olímpico, en plan de “lo importante es participar”, pero aquel choteo de Sandra
tuvo la virtud de serenarme. “Si he superado esta prueba, ya supero lo que sea”
—me dije— “que pase la siguiente, que esto está chupa’o”. Al darme cuenta de
eso de “chupao”, me brotó una risa que solo fue cediendo cuando mis manos
entraron en contacto con la siguiente chica del reto, la penúltima de mi lote
de aquella tarde.
Era una
dama de grandes volúmenes, eso estaba claro. Siempre me atrajeron estas
mujeronas hiperbólicas, estas masas maternales de carne. Cuando sus senos son
grandes, la admiración roza lo fetichista, así que mi primera reacción al notar
su enormidad fue alargar las manos hasta tocar sus senos. Y ahí estaban, ¡ave
María purísima!, unas mamellas como para alimentar las fantasías de un
seminario entero durante cinco años. Unos pezones suaves, sin estridencias, sin
durezas, todo voluptuosidad y amor. “Te voy a dar rico, mamá, ya vas a ver que
sí” —prometí mudo. Su vulva sobresalía con la típica molla de las matronas de
su clase, ese delicioso montecito en el que cualquiera querría recostarse un
rato para fabular grandes hazañas mientras mira las nubes y masca un pajizo en
la boca. Y pensando en el pajizo y hurgando apenas en aquella dulzura, me
encontré con la sorpresa de su clítoris descomunal. Esta mujer era una fantasía
andante, una cosa prohibida, y segregaba sin cesar jugos estimulantes, que
invitaban a seguir enredándole en los bajos. Lametón para arriba, para abajo,
mordisco indisimulado en el monte de Venus, succión de ese clítoris magnífico (y
respondón, como podía apreciar en cada pasada), lengüetazo en el culo, rascado
de muslos, caricias plantares... ¡mamada total, cunilingus sin cuartel! Ella se
revolvía, gruñía, se quejaba de los agarrones y los mordiscos, sujetaba mi
cabeza contra su coño, me insultaba cuando me retiraba para tomar aire, aullaba
y pedía más con procacidad, y yo le daba y le daba lengua y manos y uñas y
dientes y arte, sin cansarme jamás de aquella maravilla sensorial.
Cuando
estábamos los dos que ya estallábamos, sentí la necesidad perentoria de meterle
la verga que, aunque no podía tocar, adivinaba hinchada y destilando chorros de
excitación. Como no podía hacerlo, probé con los dedos. Al intentar meterle
dos, descubrí que a pesar de las dimensiones externas tenía un vagina estrecha.
Con el dedo corazón de la otra mano entré en su cueva y pronto encontré su
respuesta. Moví mi dedo dentro, con firmeza, rotándolo, sin meterlo ni sacarlo,
y al mismo tiempo le succioné el clítoris como quien chupa deleitoso un
gusanito de gominola. No tardó en empezar a venirse; era como un huracán, un
terremoto, el cuerpo entero le temblaba a cada cambio en la succión, a cada
pequeño movimiento de mi dedo, hasta que finalmente soltó un alarido
indescriptible y cerró las piernas con fuerza, atrapando contra el coño a mi
dedo, mi lengua y mi cabeza entera. Ahí nos quedamos yo y mis variadas partes
humanas mientras ella encadenaba una sucesión de orgasmos que parecía no tener
fin. Diossss, ¡qué hembra!
A medida
que ella iba aflojando, yo aproveché para comerme a besos esos muslos de
locura, plagar de besitos suaves sus labios empapados e, incorporado sobre su
vientre, lamerle las tetas y rozar con suavidad mi verga inflamada contra la
vulva. De buena gana me la habría follado sin más, pero el esfuerzo me había
dejado exhausto y necesitaba agua. Cuando eché mano al vaso, que algún alma
caritativa me había rellenado con agua fresca, se oyó la voz —un tanto
inquieta— de Sandra, anunciando que había pasado la prueba de la quinta chica y
que estaba a un solo obstáculo del éxito total. Me sentí cansado, pero
satisfecho de cómo habían ido las cosas con todas estas desconocidas
deliciosas... Sí, quizá incluso contando el pollazo que un rato antes me habían
metido en la boca.
La sexta
mujer se tumbó sobre la camilla. En la evaluación inicial, sus piernas no eran
ni grandes ni chicas, ni peludas ni depiladas, ni suaves ni rudas; llevé mis
manos a sus pechos y los hallé medianos, con unos pezones que apuntaban a frío
o a excitación. Su vulva, sin embargo, tenía dos cosas peculiares: la primera
era un olor acre, que no era desagradable pero sí intenso; y la segunda, según
descubrí enseguida, era una anilla en el clítoris y varias en los labios
menores. “Joder, cuánta quincallería” —pensé al notar todas aquellas piezas
metálicas en contacto con mi lengua y mis dientes.
Ahí
cometí el más grave error de la noche: me apresuré, me centré en juguetear con
aquellos chismes y me olvidé de ella y de su coño. Cuando me quise dar cuenta,
mi lengua se movía a toda prisa de un lado a otro, enredándose con las anillas
y despistándose sin cesar. La dama no abría la boca para nada, no movía un
músculo, estaba petrificada y comencé a angustiarme. Luego intenté volver atrás
y lamer con calma, pero tampoco funcionó. Usé las manos, pero no hubo
respuesta; probé a chuparle el culo, pero hubiera obtenido el mismo resultado
chupando un hielo; intenté todo lo que se me ocurrió, inventado y por inventar.
Nada: silencio y quietud. “¿Se habrá dormido, la cabrona?” —llegué a
preguntarme. No, estaba bien despierta y a veces me hacía una carantoña o un
piojito como para animarme.
Quién
sabe cuánto tiempo después, a punto ya de pedir cuartel y tirar la toalla y con
ella mi reputación, sucedió un milagro. Al ritmo de tres lametones que yo
hubiera jurado que no eran ni chicha ni limoná, la mujer se hinchó, sopló, dio
unos cuantos gritos semicontenidos y se corrió. Me retiré de ella y la acaricié
con una sonrisa en la boca. ¡Había ganado! Poco después, ella se incorporó y se
acercó a mí. “Lo he fingido, cariño, pero sé que te lo mereces. Eres un amor,
disfruta de tu éxito. Quiero verte otro día con más calma...” —me susurró al
oído. A pesar del ánimo decaído que esta confesión me provocó, el dictamen de
Sandra fue presto e inapelable: “Has pasado la prueba de la sexta chica. Eres
el ganador”.
Solo en
ese momento fui consciente de que, en realidad, no se había pactado ningún
premio si superaba el desafío. No había orejas, y el único rabo de la tarde me
lo había metido hasta el gaznate. Me había jugado el prestigio a cambio de
nada. Bueno, había sido divertido, sí, pero tenía la polla más dura que un
tronco y una necesidad imperiosa de caricias, de lametones. La oscuridad de la
habitación dio paso a una luminosidad tenue y Sandra se acercó a mí contoneando
las caderas. Ese contoneo de caderas... ¡me suena! Me bajó los pantalones de un
tirón, bajó la cabeza hasta el borde mismo de mi sexo, lo besó con suavidad y
me dijo simplemente: “Ahora tu premio, campeón”. Y tan pronto hizo desaparecer
mi verga en su boca cálida, reconocí al fin a Sandra, esa cleptómana oral de
voluntades y virgos. No puedo desvelar quién es, pero... hay bocas que no se
olvidan.
Se hizo mi camarada
Para cosas secretas,
Cosas que solo saben
Mujeres y poetas